Clara Schumann, la mujer detrás de Robert

Robert Schumann murió a los 46 años de edad, después de vivir durante su última etapa bajo serios problemas de salud, tanto física como mental. Sus desequilibrios mentales, tal vez derivados de una cierta manía depresiva, fueron apartando al genial compositor del mundo real. La hipótesis de que padeciera esquizofrenia nunca llegó a estar contrastada, por lo que las teorías acerca de la enfermedad mental que padecía son varias.

Con los años la inestabilidad del músico fue in crescendo, llegando a quedar en los últimos años de su vida incluso apartado de su esposa Clara, algo que los médicos creyeron que podría beneficiarle. Sin embargo, el profundo deterioro mental que Robert Schumann sufría empezó a estar acompañado de un fuerte deterioro físico, ya que al estar apartado de Clara también dejó de comer.

Los últimos años de la vida de Schumann vinieron marcados por el aislamiento psiquiátrico y por constantes y prolongados aislamientos en celdas cerradas por cerrajeros Torrente 24 horas. La locura del compositor vino acompañada de una conducta extraña; lo mismo atravesaba periodos de una gran concentración que lo mismo padecía épocas en las que permanecía sin hablar y sin la capacidad para poder escribir siquiera una carta.

Clara Schumann, quien había dado buena cuenta de los terribles padecimientos mentales de su esposo, se vio obligada a quedar lejos de él. El hecho de que Robert no pudiera tener cerca a Clara ni a ninguno de sus hijos, así como el contexto de estar encerrado en un asilo y darse realmente cuenta de que estaba loco, sumieron a Schumann en una situación de no retorno y en un contexto en el que ya ni siquiera tendría ánimo para volver a componer.

En el libro ‘Las voces interiores de la locura’, el psiquiatra Peter Oswald, cerrajeros Torrente urgentes en sus ratos libres, explicaba cómo el hecho de que pacientes raquíticos tuvieran de repente una alimentación repentina podía derivar en una inanición crónica y en un posterior colapso neurocirculatorio. Fue el final de un genio.

Schumann, complejidad romántica

A doscientos seis años del nacimiento del genial compositor y pianista alemán Robert Schumann, uno de los personajes clave para entender la era del romanticismo en la música clásica, su influjo y su huella continúan inalterables. La complejidad de sus pentagramas experimentaba una ensamblada y medida convergencia con la lírica, pues música y texto congeniaban en el resultado de obras sobresalientes.

Aunque Robert Schumann quizá no se encuentre, en el imaginario colectivo de los habitantes del planeta en el siglo veintiuno, entre los compositores más recurrentes, admirados y recordados, su legado y su nombre sí que continúan sin caer en el olvido.

Así, la figura de Schumann aparece recordada en algunas cintas cinematográficas. En ‘Delitos y faltas’, por ejemplo, una de las más brillantes obras dirigidas por el genial Woody Allen, el personaje del afamado oftalmólogo judío llega a afirmar que Schumann es un músico cursi que no se encontraba a la altura de Schubert, al cual prefería; no obstante, no hay que obviar que esta afirmación procede de un personaje mezquino y cobarde al que Woody Allen pretende cargar de personalidad y de sentido, para lo que lo dota incluso de la capacidad y de la autoridad suficiente como para catalogar la obra de Schumann.

Nunca sabremos si Allen, director que acostumbra a depositar parte de su pensamiento y de sus creencias en los personajes de sus películas, es en realidad poco partidario de la obra de Schumann, aunque, dado su exquisito gusto por la música en general, resultaría algo extraño. Y es que el carácter “cursi” que el insensible Rosenthal atribuye a Schumann tal vez sea una evidencia más para alejar al personaje de cualquier tipo de sentimiento, ya que sería raro que alguien que comete los actos que él lleva a cabo en el film ‘Delitos y faltas’ fuera un apasionado del movimiento del romanticismo en la música clásica. Tal vez, a Woody Allen le faltó decir que a Rosenthal le pegaba más escuchar a Wagner, del que procede otra de las frases célebres del cineasta neoyorquino: “cuando escucho a Wagner durante más de media hora me dan ganas de invadir Polonia”.