Genio y locura en Schumann

Dicen que la locura acompaña a los genios, y aunque es una conseja popular que se remonta a la antigua Grecia, en fechas más recientes la revista Nature Neuroscience publicó los resultados de un estudio que avala tal creencia. Y ejemplos abundan, desde pintores como Van Gogh o Munch, o escritores como Mark Twain, Herman Hess o Robert Louis Stevenson, por sólo citar los más conocidos, compartieron algo más que su incuestionable creatividad, y es que todos tuvieron algún tipo de desorden mental.

Robert Schumann no escapó de tal suerte. Este compositor del siglo XIX, considerado como uno de los más grandes representantes del Romanticismo musical, conjugó en su vida y obra todos los elementos que caracterizan a este movimiento: pasión, drama y alegría. Ese impulso vital lo llevó a crear obras intensas que se pasean por una amplia gama de sentimientos y han persistido el paso del tiempo.

Su fuerza creadora fue quizás el impulso que le permitió superar la difícil prueba a la que debió enfrentarse con tan solo veinte años. A esa edad, el joven deseaba convertirse en un virtuoso ejecutante y todo parecía indicar que contaba con los recursos para lograrlo. En su afán por alcanzar la perfección, Schumann ideó un aparato le permitiría tener una mayor control y agilidad en el cuarto dedo de la mano derecha. El invento no funcionó de acuerdo a lo esperado, y descubrió al quitárselo que el dedo estaba totalmente inutilizado.

En lugar de echar todo por la borda, Schumann orientó su carrera a la composición y crítica musical, donde cosechó grandes éxitos.

Pocos años después, a raíz de la muerte de su hermano y su cuñada, experimentó una crisis nerviosa. Fue la primera de una larga serie de depresiones, crisis y períodos de reclusión que signaron su vida. Durante mucho tiempo se atribuyó al tratamiento contra la sífilis la causa de estos padecimientos, pero esta teoría ya ha sido descartada, pues se han encontrado numerosos síntomas de desequilibrio mental desde sus primeros años de juventud. Hoy se afirma que Schumann padeció de trastorno bipolar, condición que no le impidió casarse con Clara Schumann, quien fue un gran apoyo durante toda su vida.

A partir de 1844 su salud física y mental comienza a deteriorarse, pero ello no es obstáculo para proseguir con su prolífica creación y, de hecho, es durante este período que concibe sus más afamadas obras.

Sus alucinaciones y fobias pueden incluso provocar alguna sonrisa. Se movió entre ángeles y demonios, cual si de un libro de Dan Brown se tratara; también le temió a las alturas, por lo cual agradecería que la vida no le hubiera deparado encargarse de hacer reparaciones de tejados. Asimismo, evitaba el contacto con los objetos de metal, al punto que un simple juego de llaves podía desencadenar una crisis (nuevamente agradezcamos que a los cerrajeros no les afecte tal fobia). Son miedos a situaciones y objetos cotidianos ante los que su genio se sobrepuso para dar vida a excelsas creaciones.

Más complicado debió ser lidiar con la alucinación que le hacía creer que la nota de La 5 sonaba constantemente en sus oídos. O salir ileso del intento de suicidio que lo llevó a arrojarse al Rin en 1854. Este fue el hecho definitivo por el que el mismo Schumann decide internarse en un hospital de cuidados mentales. Alli permanece hasta su muerte, dos años más tarde.

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