Schumann, complejidad romántica

A doscientos seis años del nacimiento del genial compositor y pianista alemán Robert Schumann, uno de los personajes clave para entender la era del romanticismo en la música clásica, su influjo y su huella continúan inalterables. La complejidad de sus pentagramas experimentaba una ensamblada y medida convergencia con la lírica, pues música y texto congeniaban en el resultado de obras sobresalientes.

Aunque Robert Schumann quizá no se encuentre, en el imaginario colectivo de los habitantes del planeta en el siglo veintiuno, entre los compositores más recurrentes, admirados y recordados, su legado y su nombre sí que continúan sin caer en el olvido.

Así, la figura de Schumann aparece recordada en algunas cintas cinematográficas. En ‘Delitos y faltas’, por ejemplo, una de las más brillantes obras dirigidas por el genial Woody Allen, el personaje del afamado oftalmólogo judío llega a afirmar que Schumann es un músico cursi que no se encontraba a la altura de Schubert, al cual prefería; no obstante, no hay que obviar que esta afirmación procede de un personaje mezquino y cobarde al que Woody Allen pretende cargar de personalidad y de sentido, para lo que lo dota incluso de la capacidad y de la autoridad suficiente como para catalogar la obra de Schumann.

Nunca sabremos si Allen, director que acostumbra a depositar parte de su pensamiento y de sus creencias en los personajes de sus películas, es en realidad poco partidario de la obra de Schumann, aunque, dado su exquisito gusto por la música en general, resultaría algo extraño. Y es que el carácter “cursi” que el insensible Rosenthal atribuye a Schumann tal vez sea una evidencia más para alejar al personaje de cualquier tipo de sentimiento, ya que sería raro que alguien que comete los actos que él lleva a cabo en el film ‘Delitos y faltas’ fuera un apasionado del movimiento del romanticismo en la música clásica. Tal vez, a Woody Allen le faltó decir que a Rosenthal le pegaba más escuchar a Wagner, del que procede otra de las frases célebres del cineasta neoyorquino: “cuando escucho a Wagner durante más de media hora me dan ganas de invadir Polonia”.